Cuando un pueblo se apaga, no solo se van sus vecinos (o el modelo Sigüenza: cómo el crecimiento puede inspirar a la comarca)
lunes, 12 de enero de 2026 / 39 lecturas
Un debate que nace desde dentro
En los últimos días, el futuro de Matillas ha despertado un animado debate en el grupo de WhatsApp del pueblo, donde muchos vecinos han aportado ideas, reflexiones y propuestas para intentar dar una nueva esperanza al pueblo.
De ese intercambio de mensajes han surgido muchas ideas, y sobre todo, una sensación compartida: que Matillas no está sola, que aún hay margen para actuar.
Y desde aquí queremos compartir algunas de esas reflexiones para poner en común posibles caminos que quizás podrían ayudar a revertir la situación.
Y es que no todas las soluciones siempre vienen de arriba: a veces nacen precisamente de ahí, de la gente que sigue creyendo que Matillas aún puede tener futuro
Cuando un pueblo se apaga, no solo se van sus vecinos
Hay pueblos donde ya no queda casi nada.
Calles vacías, casas cerradas, servicios que desaparecen uno tras otro.
Y por duro que sea admitirlo, en muchos de ellos ya apenas se puede hacer algo.
Pero también hay otros, como Matillas y tantos en la Alcarria Alta o la Sierra Norte, donde todavía hay vida.
Donde las casas siguen habitadas, las plazas aún se llenan de conversación y todavía se siente el pulso del pueblo.
Son pueblos que resisten, aunque cada vez lo tengan más difícil.
Lo que realmente hace falta
No hacen falta grandes proyectos ni discursos rimbombantes.
Hace falta lo esencial: carreteras en condiciones, internet que funcione, políticas de vivienda sensatas y servicios mínimos que permitan vivir sin tener que marcharse.
Y sobre todo, hacen falta familias.
Sin familias no hay niños.
Porque sin niños, las escuelas se cierran.
Y cuando se cierran las escuelas, se cierra también una puerta al futuro.
El ejemplo más cercano: Matillas y su entorno
Aquí, en Matillas, lo vemos de cerca.
El colegio de Mandayona sobrevive también en parte, a los niños de Matillas.
Y es que sin ellos, tal vez la historia sería otra.
Esa es la realidad: los pueblos se sostienen con vida, no con visitas esporádicas.
Porque, seamos claros: venir unos días en verano o en Navidad no es vivir el pueblo.
Es disfrutarlo, sí, pero no sostenerlo.
Quienes se quedan todo el año son los que de verdad lo mantienen en pie, los que sufren los cortes de servicios, la falta de médico o el olvido institucional.
Y eso, aunque no se diga mucho, cansa.
Promesas que no llegan
Lo cierto es que se habla mucho de “repoblación” y de “plan rural”, pero sobre el terreno, los resultados no llegan.
Se supone que hay un delegado regional para la despoblación y el desarrollo rural, pero muchos se preguntan qué medidas reales se han tomado aquí, en nuestra comarca.
Si en Mandayona han estado casi un año sin médico fijo, ¿qué pueden esperar los pueblos más pequeños?
Sigüenza: un ejemplo de que sí se puede
En contraste, a pocos kilómetros de aquí, Sigüenza ha demostrado que revertir la despoblación sí es posible cuando se hacen las cosas bien.
El municipio acaba de alcanzar los 4.911 habitantes, tras cuatro años consecutivos de crecimiento, y un aumento del 14% desde 2021, según los datos del INE.
Un ejemplo cercano de que cuando hay visión, recursos y voluntad política, el medio rural puede recuperar impulso.
La alcaldesa seguntina, María Jesús Merino, lo resumía así: “No es un crecimiento coyuntural, sino estructural”.
Allí se han impulsado cerca de cuarenta proyectos empresariales, inversiones en infraestructuras como la banda ancha en pedanías y un plan de vivienda que intenta dar respuesta a uno de los mayores retos del territorio.
Mientras tanto, en Matillas seguimos esperando que esas buenas prácticas lleguen también a los pueblos más pequeños, los que no tienen grandes presupuestos ni visibilidad, pero sí potencial.
Porque lo que ha funcionado en Sigüenza podría servir aquí, adaptado a nuestra escala: apoyo real a negocios locales, conectividad digital, rehabilitación de viviendas y una administración que entienda la realidad rural.
Lo que está en juego
La realidad es que hay intereses para concentrar población y servicios en las ciudades.
Sale más barato y más cómodo.
Pero eso significa dejar morir a los pueblos poco a poco.
Y no debería ser así.
La solución pasa por cambiar la forma de trabajar: apostar por el teletrabajo, la descentralización empresarial y políticas que permitan elegir vivir en el medio rural sin que eso sea una heroicidad.
Otros países lo han hecho.
Aquí seguimos esperando.
El espíritu que mantiene viva la esperanza
Porque cuando un pueblo muere, no solo se pierden sus casas o sus calles.
Se apaga una forma de vivir.
Una memoria.
Y aunque no todos los pueblos puedan salvarse, los que aún siguen vivos merecen, al menos, que lo intentemos.
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Este artículo fue escrito el lunes, 12 de enero de 2026 a las 21:02 y está guardado en la categoría Inclasificable. Puedes seguir los comentarios de este artículo con el RSS 2.0 feed. Si quieres, puedes dejar un comentario, o un trackback desde tu website.



