
A estas alturas de la película, todos conocemos cómo se las gasta la primavera en Matillas.
Lo que empieza como una estampa idílica de un verde rabioso, termina convirtiéndose —si nadie lo remedia— en una letanía salvaje de malas hierbas campando a sus anchas por cada esquina. Sin embargo, este año la historia ha dado un giro de guion inesperado y, para qué engañarnos, de lo más efectivo:

No busquen desbrozadoras de gasolina ni brigadas municipales. Esta vez, los refuerzos han llegado con cuatro patas y mucha lana. La patrulla ovina ha tomado el mando y se ha propuesto dejar el pueblo en un estado óptimo de revista:

Se trata de una simbiosis de las de toda la vida, pero que a veces se nos olvida lo bien que funciona: las ovejas encuentran pasto fresco y abundante, y nosotros, a cambio, nos libramos de la selva urbana que suele amenazar con devorar los caminos. Es el equilibrio perfecto.
Un antes y un después en nuestros barrios
Aunque es cierto que todavía no han pasado por todos los rincones del pueblo (tiempo al tiempo), los resultados ya saltan a la vista:
- Los Pozos: Da gusto verlo. Lo que antes era un terreno entregado a la suerte de la maleza, ahora luce una «moqueta» natural envidiable.
- El camino de la Estación (también en los Pozos): Ha vuelto a la vida. Se acabó el ir sorteando cardos; ahora el paseo es despejado y transitable.
- Los taludes de la carretera: Lucen espléndidos, limpios y despejados, como hacía tiempo que no se veían.

Es curioso cómo algo tan tradicional como el pastoreo se ha convertido en la solución más moderna y sostenible para el mantenimiento de nuestro entorno. Estas «podadoras animales» no solo son eficientes, sino que además no contaminan y abonan el terreno mientras trabajan.
En definitiva, que Matillas y las ovejas se han puesto de acuerdo para hacer que nuestro pueblo luzca esplendoroso (y más limpio). Quizás no hayan venido exactamente a salvar el mundo, pero desde luego han salvado nuestra primavera de convertirse en un matorral indomable.
¡Bienvenidas sean!
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