
No hace falta irse muy lejos para darse cuenta de que el paisaje, cuando quiere, se pone sus mejores galas.
Ahora que el invierno empieza a batirse en retirada, el turismo de floración —esa moderna costumbre de viajar buscando el estallido de color de la naturaleza— cobra fuerza. Y en Matillas, para qué engañarnos, tenemos nuestra propia «pasarela» particular.
El despertar: Los almendros

La primera parada de esta explosión floral la tenemos ya mismo. Con la primavera asomando el morro, los almendros empiezan a salpicar el blanco y el rosado por nuestro término.
Si quieren ver estampas de postal, solo hay que darse un paseo por Matillas La Vieja o acercarse a los huertos que custodian el Arroyo de la Parra. Es un espectáculo efímero, de esos que duran lo que un suspiro, pero que cada año atrae a más curiosos con la cámara al cuello buscando retratar ese contraste tan nuestro entre la piedra y la flor.
La sorpresa de junio: Las amapolas

Pero la primavera no se despide sin darnos un último capricho. De cara a junio, cuando el cereal ya empieza a tomar cuerpo, las amapolas nos sorprenden salpicando de un rojo intenso las tierras. Ese contraste del verde (o el ya dorado) del trigo con el carmesí de la amapola es, sencillamente, imbatible. Es el aviso de que el verano está a la vuelta de la esquina y de que el campo está más vivo que nunca.
El verano: El amarillo de los girasoles

Si el almendro es la elegancia, el girasol es la explosión. Cuando llega el calor de verdad, nuestros campos se vuelven dorados. No son pocos los turistas que buscan en la alfombra amarilla que cubre nuestras fronteras. Es, sin duda, el momento más fotogénico del año, donde la luz de la Alcarria brilla con una intensidad especial.
Pero aún tenemos pinceladas de color
Aunque no pretendemos competir con el despliegue de Brihuega (cada uno en su sitio y Dios en el de todos), por aquí también tenemos nuestras retamas de espliego salvaje. Quizás menos ordenadas, pero con ese aroma auténtico que te asalta cuando menos te lo esperas en un paseo por el monte.

Y si echamos la vista un poco más allá, hacia Villaseca, hasta hace bien poco podíamos disfrutar de esas manchas de colza que teñían el valle de un amarillo chillón, casi eléctrico, dándole al paisaje un aire casi centroeuropeo por unos días.
Lo que está claro es que Matillas, entre el blanco del almendro y el oro del girasol, tiene cuerda para rato para los amantes de la fotografía y el senderismo.
¿Y tú, con cuál te quedas?
¿Prefieres la delicadeza del almendro o la fuerza del girasol?
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